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XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Solemnidad

Octubre 11 de 2020

Isaías 25,6-10a; Salmo 22; Filipenses 4,12-14.19.20; Mateo 22,1-14

En el evangelio de hoy, Jesús usa la parábola del rey que celebraba la boda de su hijo. Una parábola que es elocuente y fácilmente nos ayuda a entender que el rey es Dios Padre y que el hijo es Jesucristo. El resto de la parábola dibuja la recurrente forma de nosotros reaccionar ante las invitaciones divinas y los acontecimientos del mundo divino; el desprecio y la osadía hasta la persecución y el asesinato de los enviados marcan el ritmo de la actitud humana frente a Dios y sus cosas.

El afán por la administración de tierras y por los negocios terminó ahogando cualquier iniciativa de Dios en el corazón y en la vida de las personas. En el corazón de estos convidados no hay campo para Dios y su reinado, pues el deslumbramiento de lo material, de lo inmediato y práctico copa la sensibilidad y la expectativa humana. No podéis servir a dios y al dinero, advierte Jesús en varias ocasiones y de distintas maneras; y tras el dinero el hombre cae en el extremo de atentar contra Dios mismo, lo cual es un abrumador acto de muerte. Aquel rey montó en cólera, relata San Mateo.

Hoy este escenario es lo corriente. Tantas invitaciones de Dios, y todas ellas para la fiesta de la vida, la filiación, la hermandad, la solidaridad. Sin embargo, casi siempre estamos en esa actitud desdeñosa y hasta de pugna con Dios y sus cosas; hemos querido apropiarnos de lo que él nos da de manera gratuita y generosa, queriendo ponernos en su lugar evocando y hasta reviviendo la soberbia desmedida de Luzbel que le valió dejar de ser Luzbel (Portador de luz) para convertirse en Satán (adversario).

Al final de la parábola, Jesús termina diciendo: muchos son los llamados y pocos los escogidos, que más que una conclusión es un lamento, un reclamo y una sentencia.

La invitación de Dios, rey generoso y decidido por la honra festiva del buen nombre de su hijo, sigue resonando para todos y cada uno de nosotros; de nuestra parte está sabernos desprender de las ataduras y afanes de lo efímero y carnal para ir prontamente y con el traje adecuado a tan maravilloso festín de bodas.

Y, ¿Cuál es el taje adecuado? Pues el que nos identifica como ciudadanos del Reino, como amigos del esposo, y fieles servidores del Rey. El pensar y sentir de este magnánimo rey está en la Sagrada Biblia, especialmente en el relato de los Evangelios; pero también en la tradición de la Iglesia, en su magisterio, en la riqueza de su literatura mística y en el libro abierto de la vida de sus santos. La liturgia, la oración y la caridad nos dejan percibir el ser de Dios.

También es oportuno, desde esta parábola, resaltar que el Reino de Dios, indicado por Jesús, llega más allá de la exclusividad del pueblo judío para extenderse a todo tipo de personas, a todos los que están en los cruces de los caminos y a todos los que callejean por el mundo. Sólo hay una condición: proveerse del traje adecuado para la festividad de este reino. En este sentido, San Pablo en su pasaje de la carta a los filipenses da unos certeros apuntes sobre la condición de los escogidos: sé vivir en pobreza y abundancia. Todo lo puedo en aquel que me conforta. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos.

La Eucaristía, cada Eucaristía, es celebración universal en la que caben todos los pueblos y los hombres de toda condición, celebración festiva a la que todos estamos llamados y para la cual sólo se nos exige llegar recubiertos de la fe y movidos por el amor. La Eucaristía nos permite pregustar el festín de las bodas eternas del Hijo amado de Dios. La palabra de Dios de este domingo nos ayuda a entender y a vivir mejor esta Eucaristía y toda eucaristía.

Bien retratado está este festín del Rey en la lectura del profeta Isaías: Preparará el Señor para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre.

Frase para recordar: No podéis servir a Dios y al dinero.

POEMA
Himno de la Liturgia de las Horas

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Enfría, Señor, mi boca;

Señor, reduce mi brasa;

dame, como te lo pido,

concordia de cuerpo y alma.

Frente al perverso oleaje,

ponme costado de gracia;

dame, como te demando,

concordia de cuerpo y alma.

Señor, mitiga mi angustia;

remite, Señor, mi ansia;

dame, como te la clamo,

concordia de cuerpo y alma.

No dejes que los sentidos

me rindan en la batalla;

Señor, Señor, no me niegues

Concordia de cuerpo y alma.

+ Ovidio Giraldo Velásquez  (Obispo de Barrancabermeja)