
XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Solemnidad - Octubre 4 de 2020
Isaías 5,1-7; Salmo 79; Filipenses 4,6-9; Mateo 21,33-43
El profeta Isaías habla en nombre de Dios, su amigo, mostrando la tragedia de Dios, que plantó una viña con todos los cuidados y los mayores esfuerzos para que fuera una viña de abundantes frutos (exuberantes racimos de uvas) y resultó que teniendo las mejores condiciones dio frutos inservibles y tóxicos (agrazones). Al final, Dios, el honroso amigo de Isaías, anuncia el desastre de su viña: servirá de pasto para los animales, será pisoteada y arrasada; porque Dios esperó de Israel derecho y obtuvo asesinatos, esperó justicia y obtuvo lamentos.
Es una descripción de la situación de Dios con el pueblo de Israel en tiempos del profeta Isaías, y que tiene similitudes con la situación del relato del evangelio de hoy; pero aquí la realidad es más cruel y lamentable, porque los administradores de su viña no sólo se apropiaron de los frutos sino que cayeron en los asesinatos de los envidados del señor de la viña hasta terminar asesinando al hijo heredero. Toda una escalofriante tragedia que describe un camino de muerte para aquellos que se jactaban de ser inteligentes y hábiles explotadores. Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen los frutos a sus tiempos. Por eso Jesús advierte a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo que se les quitará el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.
Pero todo lo anterior es una situación que tiene vigencia hasta en nuestros días. Tanto nos ha dado el Señor, hasta a su propio hijo, y nuestra correspondencia no es tan justa y acorde a los derechos de Dios. Y de asesinatos, ni hablar. Qué dolor, qué infamia, qué desvarío. Todo un horror y un error. No podemos esperar más que estar expuestos al saqueo, a ser pisoteados y arrasados. En lugar de ser adoradores del padre en espíritu y en verdad hemos caído en la idolatría del dinero, el poder, el placer y el aparecer. Todo un horror y un error. Esos mismos ídolos son nuestros verdugos y unos monstruos que parecen tener mil cabezas. No han respetado ni la época de pandemia. Los ídolos son fuerzas ciegas que pisotean, arrasan y devoran. Mientras alimentemos esos ídolos, no habrá reformas que perduren y sean exitosas. El camino de las reformas sociales, políticas, económicas, y hasta pastorales, que puedan llevarse a cabo felizmente comienza con la liberación de las cadenas de la mentira idolátrica que alimenta y sostiene vidas, comunidades y estructuras. Sin duda alguna, el primero y fundamental paso será el cambio del corazón, de tu corazón y el mío.
Alguien podrá preguntar, ¿y cómo hago para saber si mi corazón va en sintonía con Dios y en distanciamiento de los ídolos? Le podemos responder recurriendo a las recomendaciones del apóstol San Pablo en la segunda lectura de este domingo: Hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito ténganlo en cuenta. Y el Dios de la paz estará con ustedes. Y en toda ocasión dar gracias y suplicar a Dios.
Y que abunden los amigos de Dios, y que lo sean de tal manera hasta defender sus causas, como bien lo hizo en su tiempo el ardoroso profeta Isaías. Qué dicha y qué privilegio poder llegar en nuestro seguimiento de Jesús, hasta poder llamar a Dios “mi amigo” y hacer eco a sus cantos de alegría o de dolor.
Qué bueno poder suplicar con la oración del salmo de hoy: Señor, Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa. No nos alejaremos de ti; danos vida para que invoquemos tu nombre. Señor Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
Frase para recordar: En toda ocasión: oración, acción de gracias y súplicas a Dios.
POEMA
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Edificaste una torre
para tu huerta florida;
un lagar para tu vino
y, para el vino, una viña.
Y la viña no dio uvas,
ni el lagar buena bebida:
sólo racimos amargos
y zumos de amarga tinta.
Edificaste una torre,
Señor, para tu guarida;
un huerto de dulces frutos,
una noria de aguas limpias,
un blanco silencio de horas
y un verde beso de brisas.
Y esta casa que es tu torre,
este mi cuerpo de arcilla,
esta sangre que es tu sangre
y esta herida que es tu herida
te dieron frutos amargos,
amargas uvas y espinas.
¡Rompe, Señor, tu silencio,
rompe tu silencio y grita!
Que mi lagar enrojezca
cuando tu planta lo pise,
y que tu mesa se endulce
con el vino de tu viña. Amén.
+ Ovidio Giraldo Velásquez (Obispo de Barrancabermeja)