
Homilía
Catedral La Inmaculada
Barrancabermeja, Santander
EUCARISTÍA y POSESIÓN CANÓNICA COMO OBISPO DIOCESANO
Agosto 8 de 2020
Textos bíblicos: Joel 2,21-27; Salmo 103; Hechos 8,4-8; Lucas 4,16-21
Respetados sacerdotes del Colegio de consultores, queridos sacerdotes del presbiterio diocesano, señores Diáconos permanentes, queridas religiosas, seminaristas y fieles laicos presentes, afectuoso saludo; gracias por el esfuerzo que han hecho para estar aquí y favorecer este especial momento de gracia.
A todos los que en este momento nos siguen por los medios de comunicación y las redes sociales, mi gratitud por su solidaridad, cercanía espiritual y comunión en la fe. Especial saludo a todos los fieles de la diócesis y a los habitantes de la región.
Como siempre, la palabra bíblica que acaba de ser proclamada está llena de fabulosos mensajes y de ricas enseñanzas para nuestra vida de fe y nuestro caminar como pueblo de Dios.
La Palabra de Dios es creadora, es viva y eficaz. Ella misma hoy nos ayuda a interpretar este acontecimiento de mi posesión como obispo de la ya amada iglesia diocesana de Barrancabermeja.
El conjunto de las lecturas nos habla de la alegría suscitada por el actuar de Dios en los pueblos y la presencia de sus enviados portando mensajes de buena nueva y salvación.
En la primera lectura, tomada del libro del profeta Joel, escuchamos palabras de buenas noticias para el pueblo creyente y para todos los habitantes de la región, incluyendo las bestias del campo, los pastizales, los árboles y los sembrados.
El profeta invita a todo el pueblo al júbilo y el gozo porque ya no habrá más hambre ni desamparo, y a estar alegres y contentos porque Dios ha obrado maravillas en todos. También en la segunda lectura oímos que por la predicación del apóstol Felipe la ciudad de Samaría se llenó de alegría.
En el relato del Evangelista San Lucas es Jesús quien anuncia el cumplimiento de las promesas de bendición, gracia y salvación que habían llegado al pueblo por boca del profeta Isaías. En aquella ocasión y en la sinagoga de Nazaret Jesús hizo suyo aquel anuncio de Isaías 61,1-3: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido, me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un tiempo de gracia del Señor; un tiempo de gracia que incluye, según lo indica seguidamente este pasaje, dar consuelo a todos los afligidos, darle a todos los afligidos una diadema en lugar de ceniza, perfume de alegría en lugar del vestido de luto, alabanza en lugar de espíritu abatido; y así todos serán encinas de justicia, plantación del Señor para su gloria.
Aquí encontramos, hermanos, un bonito sentido de esta fiesta diocesana, fiesta en el espíritu, y ojalá, porque así Dios lo quiere, fiesta de cada día en nuestro peregrinar en la fe hasta la consumación de nuestras alegrías en la bienaventuranza del cielo. La Eucaristía, cada Eucaristía es eso, la celebración de una fiesta, la del alma agradecida con Dios, la del alma agradecida con los hermanos, la del corazón gozoso por saberse imagen de Dios y destinatario de sus desvelos y promesas.
Ya sabemos que la celebración de la Eucaristía es nuestra especial manera de celebrar el gozo y la alegría de ser hijos del eterno padre y hermanos de todos. Jesús, en cada Eucaristía - en su palabra, en su cuerpo y sangre partido y repartido - anuncia, indica y sella con el don de su vida esta verdad fundamental: ustedes son hijos de Dios, sean hermanos. Por eso la Eucaristía es la fiesta de la vida, de la fraternidad, del nuevo orden de cosas, del cielo nuevo y de la tierra nueva introducidos por Jesús y cuyo acontecimiento vamos labrando día a día con el trabajo honrado, con la oración, con las celebraciones de la fe y los sacramentos, con la lectura orante de la Palabra, con los gestos de fraternidad, las prácticas de misericordia, la buena vecindad y la caridad.
Que no nos falte la celebración de la Eucaristía como expresión de nuestra fe y esperanza en Dios, como encuentro fraterno, como fiesta de la vida, como anuncio de un nuevo orden de cosas ya instaurado por Jesús; el orden de cosas pensado y deseado por Dios, en donde cada uno será guardián del hermano, en donde las lanzas se transformarán en podaderas, no alzará la espada pueblo contra pueblo ni se adiestrarán para la guerra (Isaías 2,1 ss.) y todos caminaremos por las sendas de Dios. Y la ciudad y toda la región se llenará de alegría.
En este sentido, hermanos, permítanme recordarles que allí donde está la presencia de un evangelizador, de un profeta de Dios, de un mensajero de la misericordia, de un portador de la paz y la concordia, de un servidor de los misterios de Dios y la gracia de los sacramentos, hay gozo y plenitud.
El profeta Isaías anuncia que son hermosos sobre los montes los pies del mensajero de buenas noticias, que anuncia la paz, que trae la dicha, que anuncia la salvación. Por lo tanto, invito a todos los fieles de nuestra amada diócesis y a todos los habitantes de la región a cuidar y valorar mucho la presencia de sus catequistas, los misioneros, los religiosos y las religiosas, y muy especialmente el ministerio de los sacerdotes; y también a apreciar y agradecer la presencia de los mensajeros y servidores del bien, la verdad, la paz y la justicia.
Anhelo y pido a Dios que en nuestra diócesis se multipliquen los agentes del bien, la evangelización y el cuidado pastoral.
Precisamente y en este sentido, invoco el grato recuerdo y expreso mi gratitud a los queridos obispos predecesores, de cuya generosa labor apostólica todos hoy somos particularmente beneficiarios.
A Monseñor Bernardo Arango Henao, primer obispo y fundador de la diócesis, quien puso las bases de esta amada iglesia diocesana; deseo que Dios lo haya recogido para la bienaventuranza eterna en el lugar de sus fieles servidores.
A Monseñor Juan Francisco Sarasti Jaramillo, a quien saludo con especial afecto, envío hasta su lugar de retiro y oración en Cali un abrazo de hijo y mi mano tendida de hermano, con reconocimiento y gratitud.
A Monseñor Jaime Prieto Amaya, mi sentido ruego por su eterno gozo en la presencia del Señor, contando así también con su ayuda desde el cielo.
Y a Monseñor Camilo Fernando Castrellón Pizano, que tan amable y delicadamente me ha hecho entrega del legado pastoral de la diócesis, muchas gracias por su fraterna acogida y sus oportunas atenciones para mi feliz llegada.
A estos cuatro Excelentísimos padres, maestros y pastores en la fe, admiración y gratitud por su sí generoso al Señor, su ardor misionero, su pasión evangelizadora y su celo pastoral. Con el favor de Dios y el acompañamiento de la Iglesia, pondré todo mi empeño en continuar la obra por ellos cimentada y en seguir haciendo brillar el nombre de Nuestro Señor Jesucristo en este hermoso territorio y en el bonito corazón de sus gentes.
A todos los fieles y habitantes del territorio diocesano, me queda decirles que desde el momento de mi designación como su nuevo obispo, los llevo en la mente y el corazón y he pedido a Dios la gracia de darle a cada uno un espacio en mis afectos y en mis afanes pastorales. Les pido el beneficio de su oración para que estos propósitos sigan marcando la ruta de este feliz encargo pastoral que en nombre del Señor y la Iglesia el Santo Padre me ha confiado.
A todos envío una paternal bendición, con súplica a la Santísima Virgen, para que los siga acompañando en su diario vivir y en su peregrinación hacia la plenitud en la casa del eterno padre.
Con la asistencia del Espíritu Santo, y apoyado en el ejemplo y la intercesión de la Virgen, San José y los santos, deseo cumplir entre ustedes un fiel y generoso ministerio apostólico, para gloria de Dios, bien de la Iglesia y salvación de muchos.
El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
+ Ovidio Giraldo Velásquez