Homilía 10° Aniversario de Fallecimiento de Mons. Jaime Prieto Amaya

X ANIVERSARIO DE LA PARTIDA DE MONSEÑOR JAIME PRIETO AMAYA

HOMILÍA

Barrancabermeja, agosto 25 de 2020

 

La palabra proclamada en el contexto de la celebración eucarística y la evocación de Monseñor Jaime Prieto, quien fuera obispo de esta iglesia particular, nos ayuda a entender y vivir este momento de especial gracia y bendición.

La Eucaristía siempre es un privilegiado espacio de encuentro, culmen de nuestra comunión y expresión de fe, acontecimiento que todo lo recoge a la luz de los designios del eterno amor divino y que nos sitúa cada vez con mayor riqueza en el camino de la salvación. En la Eucaristía todo lo rescatamos para ponerlo en el nivel de la obra salvadora de Jesucristo y en el mismo momento proyectamos el futuro con la firme expectativa del cumplimiento de las promesas de Dios. En esta Eucaristía queremos crecer en la comprensión y valoración de la vida y obra de un obispo que dejó dieciséis años de su vida apostólica sembrados en el hermoso territorio de nuestra diócesis y en los corazones de sus habitantes.

Se dice de la Eucaristía que es sacramento de amor, pues la ofrenda es lo que la constituye como tal; y así podemos entender la vida de un apóstol del Reino de Dios. Las lecturas bíblicas nos hablan del amor como el mandamiento nuevo y el camino aplanado para permanecer en Dios y en la comunión de la fe. También es claro en ellas que el amor implica cumplir los mandamientos divinos, pues la unión y la comunión con la persona amada nos conducen al reconocimiento y la vinculación con sus sentires y pensares; en este caso, los sentires y pensares de Dios.

 

 

Entendió, Monseñor Prieto, que la unión con Dios, el vivir en referencia a él como una rama agarrada al tronco, requería la valoración de la vida, la justicia, la equidad, la paz, la fraternidad y la comunitariedad. Y a esto dedicó tiempo y energías de manera sistemática. Lo uno implica lo otro. Sin respeto a la vida no habrá lo demás, y sin equidad, justicia y paz la promoción y defensa de la vida quedan convertidas en amargo sueño.  De a poco, sobre lo construido por sus antecesores y con la convocatoria de la sociedad civil y la institucionalidad y con su participación, se fueron tejiendo procesos de diálogo y pacificación, de desarrollo y paz; proceso que hoy han fructificado de diversos modos y por los cuales damos gracias a Dios y honramos la memoria de nuestro ilustre obispo.

Amar a Dios es amar al prójimo. En el cultivo del amor a Dios el apóstol va afinando su sensibilidad para escuchar e interpretar los más auténticos reclamos del corazón humano, los más anhelados sueños de las familias y las más arraigadas expectativas de las comunidades. De esta manera supo, nuestro recordado obispo, que el primer paso era la escucha, el diálogo, crear canales de encuentro y de reconocimiento de los habitantes del territorio para encontrar y construir con ellos los senderos de la reconciliación, la paz y el desarrollo integral y sostenible. Hoy podemos constatar que valió la pena, y que este legado ha de seguirse cultivando para que todos en nuestra región sigamos teniendo vida y la tengamos en abundancia.

Pero a la raíz de todo hay una verdad fundamental: sin Dios, sin la vinculación a él, sin conocer e interpretar sus pensares y sentires, la vida se hace ilegible e imposible; ilegible porque sin Dios la vida queda desvanecida en la confusión de las tinieblas; imposible porque sin la sabiduría divina, sin el conocimiento de la revelación misma del corazón de Dios, la vida queda apagada y apastada por la envidia, las rencillas, la codicia, la mentira, el engaño, la vanidad y la muerte.

 

Sin el germen de lo divino la vida se apaga y muere. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí, escuchábamos decir a Jesús en el relato del evangelio que acabamos de oír.

En este sentido, Monseñor supo afanarse también y primariamente por la evangelización y el acompañamiento pastoral para lo cual implementó planes y estrategias, campañas y eventos, continuó con la promoción vocacional al ministerio presbiteral y a la vida consagrada, e incrementó en el laicado la convicción de su necesidad y conveniencia de participar en la evangelización y el cuidado pastoral.

La vida y la obra de nuestro recordado obispo nos ayuda a entender la tarea que hoy nos corresponde, nos alienta y compromete, sobre todo por esa su confianza tan grande en el amor de Dios, en su providencia, en su misericordia y en su fidelidad a su promesas de un cielo nuevo y una tierra nueva donde no haya ya más llanto ni infamia y en donde las lanzas se transformen en podaderas y en donde ya nadie más se adiestre para la guerra.

A la luz de las lecturas bíblicas de hoy hemos de concluir que todos los mandamientos han de cumplirse porque todos son eslabones de la cadena de la historia del amor y la bendición de Dios hasta la unión y planificación de todos en la sentencia del nuevo mandamiento de Jesús: el que ama a su hermano permanece en la luz y nada lo hace tropezar. En este sentido transcurrió la vida y la obra apostólica de Monseñor Jaime, y por eso esperamos y pedimos que esté en la plenitud de la presencia de Dios.

San José, San Pedro Claver, Santa María Magdalena sean sus habituales compañeros de gloria en el cielo y de glorificación de Dios, aclamando la glorificación de la Reina de los apóstoles y coreando una perfecta alabanza al amor del eterno Padre.

 

Saludamos al Señor Obispo de Cúcuta y a su comunidad diocesana, al Señor Obispo de Facatativá y a su diócesis, a los familiares y amigos de Monseñor Jaime y a todos los que formaron parte de su vida de fe y de su servicio a Dios y a la Iglesia. Oramos por todos pidiendo para cada uno la recompensa prometida por el Señor para los que acogen y sirven a sus discípulos misioneros.

 

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 

 

 

+ OVIDIO GIRALDO VELÁSQUEZ

    Obispo de Barrancabermeja