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El último misionero de Burgos

El reverendo padre Gumersindo Domínguez Alonso, leyendo una publicación católica sobre los evangelios.  Por Redacción El Meridiano

El último misionero de Burgos

 

Por Ubaldo Manuel Díaz*

La primera vez que lo vi estaba sentado frente a un sagrario, permaneció absorto en un silencio de niño autista. Su sotana blanca, raída e impecable, caía sobre sus zapatos muy bien lustrados de niño aplicado. No queriendo interrumpir, me acerqué a pie juntillas y le pregunté: “¿está rezando?”. Con la serenidad que lo caracteriza, volvió su mirada y lo negó con la cabeza. Me respondió en un perfecto gallego: Eu estou meditando  (ahora estoy meditando). Siguió así en la misma posición, ensimismado, indiferente a lo que sucedía a su alrededor. Esa actitud aumentaba su soledad. La soledad y silencio que sólo se pueden encontrar en los hombres contemplativos. 

Afuera, en la calle, un carro pasó raudo. El interminable ruido de la campanilla del paletero, que pasa a la 1 de la tarde, no dejó de repicar. El sol se había instalado por completo en el firmamento. 

Con sus 91 años a cuestas caminaba casi que arrastrando los pies por las polvorientas calles de Achí, Bolívar. Municipio al cual retornaba después de 50 años a recoger sus pasos, según me dijo. 

Ese día lucía un sombrero ancho que le defendía parte de su mejilla de asceta de la canícula de la tarde. A esa edad no es ninguna pretensión lucir algo para los demás. Delante de él, abriéndose paso en medio del barullo de la gente, iba un joven empujando una carreta con todas sus pertenencias: una caja de cartón y una maleta pequeña. Él lo seguía religiosamente en la distancia.

El barco subía majestuoso, imponente, su proa cual cuchillo filoso cortaba el agua de lado a lado. Era imposible no ver su gran insignia ‘El Heraldo’: con sus 500 caballos de fuerza subía a todo vapor por las aguas del río grande de la Magdalena; zarpó una madrugada del puerto de Barranquilla, su destino era el territorio de la Mojana, seguir río arriba, desviar su curso y avanzar por el Cauca hasta un punto llamado Coyongal. 

Corría el año de 1952 y a bordo del emblemático barco se aproximaba la campaña evangélica y protestante de la cual jamás se haya tenido memoria en la historia de Colombia. Llegaban hombres y mujeres de varias nacionalidades: Panamá, Puerto Rico, Surinam... Personas que se habían tomado muy en serio las 95 tesis de Martín Lutero con su reforma protestante. Embriagados por la doctrina calvinista que hacía 4 siglos inundaba parte de Europa. Su objetivo final era el proselitismo protestante en la zona de la Mojana bolivarense y sucreña. Al otro lado del mundo, ese mismo año, en Burgos, España, se habían embarcado 5 misioneros. 

Su misión era continuar el trabajo iniciado por los primeros prohombres provenientes de España en la década de 1922.

Petición hecha por la Madre Laura Montoya, hoy elevada a los altares, la primera santa colombiana, al arzobispo de Cartagena de la época, monseñor Pedro Adán Brioschi.  

En esa primera encomienda desembarcaron sacerdotes como el legendario padre José Gabaldá; famoso porque una mañana con un grupo de campesinos, a falta de agua y la agobiante sequía en la región salieron, de la población de Majagual, Sucre, y se internaron en medio de una vorágine que casi los devora, con el rumor de la Sierpe y la leyenda de ‘La Marquesita’ respirándoles en la nuca. 

Caminaron días enteros por un territorio inhóspito plagado de serpientes y pantanos, abriéndose paso en medio de la manigua. Después de varios días de recorrido avistaron el Rio Cauca. Cuenta la memoria que este sacerdote arrojó una totuma a la corriente de agua, siguieron su curso y cuando el instrumento se detuvo en un recodo del río, pernoctaron e instalaron una pequeña tienda. Desde ahí fue su centro de operaciones. 

Su idea quijotesca, emulando a Aureliano en Macondo, era unir el rio Cauca con caño Mojana, la Ciénaga y la Mojanita, bordeando el municipio de Sucre Sucre y desembocar al río San Jorge. 

A punta de palas, picos y mucho coraje iniciaron el sueño de lograr la navegabilidad y pesca todos los meses del año. Lo lograron. Abrieron un enorme boquete por donde entró parte del río. Esta mega obra, de ingeniería artesanal, se llamaría después ‘La boca del cura’, la cual llevaría el agua a todas las poblaciones cercanas incluyendo el municipio de Majagual. Hoy día no es ni sombra de lo que era, la ganadería y los efectos del cambio climático lo secaron por completo, la han liquidado.

Sentado junto a mí en una terraza, mientras miraba el ocaso de la tarde dijo: “El río se llevó todo, hasta los muerto”, fue su frase melancólica. 

Permaneció en silencio,  meditando cada palabra. Parecía que las imágenes que se le venían a la mente se convertían en frases anudadas en su garganta. 

Evocaba al río Cauca devorar todo lo que encontraba a su paso. 

“Cada día se llevaba algo nuevo”, decía, “la iglesia, la casa de las monjas, el cementerio y todo lo que  se atravesara, el río recupera lo que le han quitado”, sentenció.  

En la lejanía, el sol se había guardado por completo. Se levantó y me enseñó fotos vencidas por el tiempo. “Aquí fue donde se empezaron a construir las primeras escuelas”, y señaló un pequeño mapa con su dedo índice, el cual marcaba unos nombres: Bermudas, México, Guacamayo, Buenavista, Montecristo. “Ese era el nombre de las primeras escuelas que construí en la zona”.

En una de esas fotos un grupo de niños y adultos de la época (1954) posan al lado de un hombre joven de rasgos europeos, enfundado en una sotana blanca. 

“La única forma de hacerle frente a esa campaña de proselitismo evangélico protestante y la ignorancia de la época, era construyendo escuelas, muchas escuelas, por medio de la educación”, precisó. 

Ha pasado medio siglo desde que se construyeron esas escuelas, el tiempo se ha detenido, se ha congelado. El abandono estatal, sigue como el primer día, nunca se ha ido. Unos niños miran por una ventana forjada en hierro, un grupo de cerdos famélicos atraviesan la plaza principal. El sopor es intenso, un moscardón revolotea el aula de clases donde una valiente maestra enseña el Teorema de Pitágoras y la teoría cuántica de la física de Niels Bohr debajo de un techo de zinc agujereado y la inclemencia de los 38 grados centígrados.

Él se lamenta que esto aún suceda, no hace, ni le interesa una interpretación de la realidad. Se levanta de donde hoy estamos hablando: Cereté, Córdoba, donde unas familias pudientes lo han acogido... 

A él se le puede aplicar lo de Jesús en el Evangelio de San Mateo 19:29: ‘“Todo el que haya dejado casa, hermanos, padre, hacienda por mí y el evangelio, recibirá el ciento por uno en esta vida y en la otra, la vida eterna’’. 

Sigue caminado y se interna en una pequeña capilla que ha construido a sus casi 100 años, una capilla que su fachada es la réplica de la que aún permanece en Vigo España donde fue bautizado. Al fondo de ese pequeño sitio de oración, un grupo de personas  lo acogen cariñosamente y dicen: “llegó el padre Gume”… este es Gumersindo Domínguez Alonso, el último misionero de Burgos.

 

*Sacerdote. Premio nacional de Cuento y poesía ciudad Floridablanca. Email: [email protected]