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ASÍ DESPIDIÓ LA FAMILIA AL PADRE EDUARDO DÍAZ EN BARRANCABERMEJA

Palabras en la misa de Barrancabermeja

Sábado 28 de abril de 2018

Nos hemos reunido hoy en esta Iglesia Catedral, donde nuestro hermano, el Padre Eduardo Díaz, ofició muchas veces la santa misa y proclamó la Palabra de Dios; y hemos venido para depositar sus cenizas en esta ciudad y en esta Diócesis que fueron para él la encarnación misma de su gran amor por la Iglesia. Quienes hemos tenido la ocasión de leer las páginas en las que trazó con gran amor el recuento de su vida, que serán publicadas próximamente, hemos podido ver cómo su labor pastoral en esta ciudad de Barrancabermeja y en todo el territorio de la Diócesis vino a ser, por así decirlo, el eje alrededor del cual giraron sus más grandes intereses y sus más sinceras preocupaciones.

En su momento, la decisión de ser incardinado a la nueva Diócesis de Barrancabermeja no fue para él nada fácil, porque se vio obligado a tomarla cuando iniciaba sus estudios de teología en la ciudad de Roma, y ello le implicaba darle un giro completo a sus planes de estudio y a sus proyectos de vida. Por eso, cuando ya al final de su larga carrera pastoral reflexiona sobre aquellos días de duda y de discernimiento, se expresa con la claridad que siempre lo caracterizó. «Considero –nos dice– que esta experiencia de conflicto ha sido el momento más duro y confuso que he tenido en mi vida, pero creo también que el cambio que resultó con el traslado al terreno de la Diócesis fue el más profundo y positivo que he tenido hasta ahora, y me ayudó a entender esa mezcla de momentos serenos de construcción progresiva y de momentos de crisis con los cuales se constituye nuestra personalidad y nuestro trabajo (cambios cuantitativos y saltos cualitativos)».

Eduardo siempre se caracterizó por su profunda fe, centrada en la persona de Jesús de Nazaret, y por un gran amor a la Iglesia y a su propia vocación y misión de sacerdote; convicciones y sentimientos que le permitieron confrontar grandes dificultades con una inquebrantable serenidad y un gran sentido de prudencia y de moderación. Él mismo, al referirse a los difíciles momentos que vivió durante las conmociones sociales que tuvieron lugar en esta ciudad, y en las que se vio involucrado por su labor pastoral, anota en su autobiografía con una gran sencillez: «Mis hermanos me contaron que papá había dicho en alguna ocasión, cuando le manifestaban la inquietud por el desarrollo de mi trabajo en Barranca: “Yo no siento temor, porque sé que Eduardo es muy sereno para tomar sus decisiones”».

Cabe señalar cómo el título que él mismo quiso darle al recuento de su vida y de su labor pastoral resulta muy significativo: “Experiencia de Iglesia desde el pueblo y con el pueblo”; porque, fiel al espíritu del Concilio Vaticano II y a los documentos episcopales de Medellín y de Aparecida, cuyas enseñanzas conoció muy bien y practicó con especial esmero, Eduardo ejerció su ministerio como un servicio a todos sin distinción, pero con una especial atención hacia los más necesitados, en una verdadera “opción preferencial por lo pobres”. De modo que si nos atenemos a lo que él mismo escribió, los años de labor en esta ciudad y en esta Diócesis, desde 1968 hasta 1987, configuran sin lugar a dudas la realización más plena de su vocación sacerdotal, al haber logrado la difícil tarea de integrar su labor espiritual y sacramental con la promoción de la persona humana y el servicio a la comunidad.

Con la sinceridad y la sencillez que siempre lo caracterizaron, nos explica lo que significó para él su vida y su labor en Barranca: «En cuanto al ser mismo de la Iglesia, entendí vivencialmente y en la práctica por qué en el documento Lumen Gentium [sobre la naturaleza de la Iglesia] los padres del Concilio habían cambiado el orden de los capítulos, poniendo como eje del ser de la Iglesia al pueblo de Dios como constitutivo de su identidad y a la Jerarquía como función o ministerio al servicio de la constitución de la comunidad, con tres funciones específicas: la profética, la sacerdotal y la real». Y posteriormente, al reflexionar sobre las doctrinas conciliares, hace notar cómo «ellas significan que el servicio ministerial, más que un cargo del mundo, es para el servicio de la construcción de la comunidad. La razón de ser de la Iglesia es la evangelización, entendida no tanto como una enseñanza o transmisión de doctrinas (verdades reveladas, normas morales, prácticas religiosas), sino como una experiencia de encuentro con Cristo (el kerigma). Experiencia que lleva a percibir nuevos horizontes que iluminan la búsqueda del sentido de la vida y se constituyen, no en un aspecto más de nuestro conocimiento y acción, sino en iluminación desde la luz que aporta la revelación que Dios nos hace de sí mismo y de su relación de amor hacia nosotros: vivir el amor de Dios».

Por eso, al recordar cómo las condiciones de inseguridad lo obligaron a salir de la ciudad y de la Diócesis, en 1987, escribe: «Esa salida fue un momento muy doloroso para mí porque significaba abandonar el trabajo que había realizado durante esos 18 años de ministerio y lanzarme a lo desconocido, separarme de mis compañeros sacerdotes y de los laicos con los cuales teníamos una magnífica relación y un trabajo conjunto valioso. Era poner en manos de Dios a las personas con las que trabajaba, pidiéndole que el equipo se hubiera consolidado lo suficiente como para continuar el trabajo iniciado y seguir compactando su unidad. Me sentía compartiendo los sentimientos de Cristo en la Última Cena y en su oración en el huerto, al ser consciente de su temprana e inminente partida».

Todo ello explica muy bien por qué, luego de haber tenido que abandonar esta Diócesis por la situación de inseguridad; de haber pasado nueve años sirviendo a la comunidad hispana en la arquidiócesis de Vancouver, Canadá; de haber sufrido una grave infección del corazón que lo obligó a quedarse en Colombia; de pasar doce años en Bogotá como profesor de teología en la Pontificia Universidad Javeriana y colaborando en el Servicio de Animación Comunitaria para el acompañamiento pastoral de 25 Diócesis en Colombia; y tres años más en la ciudad de Bucaramanga tratando de impulsar un programa regional de formación de animadores; Eduardo haya recibido con tanta alegría y entusiasmo el llamado que le hiciera el actual Obispo de esta Diócesis para regresar a su querida e inolvidable Barranca. Sin embargo, con recatada modestia sólo anota en su autobiografía: «En 2010 hubo cambio de obispo en Barrancabermeja, y Monseñor Camilo Castrellón me invitó a regresar a la Diócesis y colaborarle directamente como Vicario de Pastoral, lo que tuvo lugar en el primer semestre de 2011, asumiendo igualmente el cargo de Vicario General en agosto de ese año».

En nombre de la familia debo expresar nuestro agradecimiento a Monseñor Castrellón, a Monseñor Nel Beltrán y a las religiosas y a todo el personal que lo acompañaron durante estos últimos años. A pesar de sus quebrantos de salud, él trató de servir a la Diócesis hasta donde sus fuerzas se lo permitieron.

Ahora bien, el texto de Eduardo no termina ahí. Viene luego una interesante visión de cómo había cambiado la ciudad y la Diócesis desde que él la dejara, en 1987, y de los planes que tenía para su nuevo trabajo. Pero no me voy de detener en ello.

Solo quiero terminar mi intervención agradeciendo a Dios por habernos permitido conocer y compartir con una persona y un sacerdote como Eduardo, y recordar el símil empleado recientemente por el Papa Francisco en su alocución a un grupo de sacerdotes, y que bien podemos aplicarlo en esta ocasión: Eduardo fue realmente “un pastor con olor a oveja”.