Inicio | Noticia | ASÍ DESPIDIÓ LA FAMILIA AL PADRE EDUARDO DÍAZ ARDILA EN BUCARAMANGA

ASÍ DESPIDIÓ LA FAMILIA AL PADRE EDUARDO DÍAZ ARDILA EN BUCARAMANGA

Palabras en la misa en Bucaramanga

Viernes 27 de abril de 2018

Esta misa que hemos celebrado hoy ha sido ante todo una expresión de acción de gracias a Dios por habernos concedido el inmenso privilegio de haber contado con Eduardo en nuestra familia, y en la vida de todos aquellos que tuvieron ocasión de conocerlo. Muy bien lo ha expresado su gran amigo y compañero en el sacerdocio, el jesuita Francisco De Roux, cuando nos escribió: «Bienaventurados ustedes que tuvieron un hermano de esa grandeza espiritual y humana». Porque de Eduardo se puede muy bien decir que pasó por el mundo haciendo el bien y predicando con la palabra y con su ejemplo las doctrinas del Evangelio.

Como algunos de ustedes lo saben, Eduardo nos dejó una hermosa narración de su vida y una profunda reflexión sobre su labor pastoral que esperamos publicar próximamente. Por lo tanto, en lugar de elaborar un panegírico sobre su personalidad y sobre las diversas tareas que cumplió en servicio de la Iglesia, voy a entresacar de su escrito algunas ideas que nos permitan recordarlo y, en cierta forma, escucharlo a él una vez más.

Y debo comenzar señalando que, en su escrito, lo primero que llama la atención es el lugar tan importante que él le otorga a su experiencia de familia, desde su infancia hasta los últimos momentos de su vida; de modo que la palabra ‘familia’ aparece más de 150 veces a lo largo del texto. Y de ella nos dice lo siguiente: «El don de Dios que más valoro en mi vida ha sido la familia estable y unida en la que nací y en la que me formé. Considero que ello me ha dado una estabilidad interior y una seguridad que han sido muy importantes en los momentos difíciles y en las situaciones de cambio. Cuando se fueron formando las nuevas familias de los hermanos, esa unión ha permanecido como efecto del influjo de mis papás. En el diario que mamá nos dejó al morir dice que cuando ellos desaparezcan es muy importante que sigamos unidos, y que los hermanos que les vaya mejor ayuden a los que no estén bien, de forma que sigamos siempre unidos, como cuando en la casa nos sentábamos alrededor de la mesa para comer y que “parecía el cuadro de la Última Cena”».

Y luego, recordando las figuras de papá y de mamá, Eduardo pareciera estarse retratando: «De la forma de ser de papá heredamos tres valores fundamentales: la honradez a toda prueba, rayana a veces en cierta terquedad, el sentido del bien común para asumir las funciones públicas con la seriedad y responsabilidad con las que maneja un buen empresario su negocio privado, y el esfuerzo para ayudar a las personas a salir adelante brindándoles oportunidades y exigiendo responsabilidad en la respuesta». «Y de mamá –nos dice– aprendimos la serenidad y tranquilidad para manejar los problemas de cada día (educación de 10 hijos muy diferentes entre sí), un espíritu conciliador, especialmente en los momentos difíciles, una aceptación de las diversidades, y capacidad para permitir y facilitar las diferentes decisiones así uno no esté  de acuerdo con ellas».

«Por eso –dice luego–, considero la situación de las familias como eje clave en la vida de las personas, de la sociedad y de la misma Iglesia: las familias no son solamente un frente importante de trabajo para nosotros los sacerdotes, ellas son en sí mismas la primera realidad de Iglesia y la fuente primera de la formación y la vida cristiana. De ahí que la Iglesia la llame “célula fundamental de la Iglesia”: cuando las células se enferman (se deforman por el cáncer o se debilitan por el Sida) todo el cuerpo entra en crisis; cuando las familias se debilitan o se desestabilizan, está en juego el ser mismo de la Iglesia y de la sociedad».

Esto lo lleva a señalar una cierta debilidad en la teología pastoral de la Iglesia en lo que atañe a la familia, para lo cual acude a una cita de ese gran predicador y Padre de la Iglesia que por sus dotes oratorias fuera llamado Crisóstomo, es decir, boca de oro: «Recuerdo –nos dice Eduardo– la expresión de san Juan Crisóstomo en una de sus homilías: cuando los padres educan a los hijos, dirigen su hogar y hacen oración en familia, ejercen la función de  “obispos de su iglesia doméstica”. Se puede afirmar que ellos reciben en el sacramento del matrimonio la gracia del ‘ministerio conyugal para dirigir esa célula fundamental de la Iglesia y de la sociedad que es la familia. Quizá la teología, la espiritualidad y la pastoral, diseñadas y pensadas desde los sacerdotes, han centrado su visión sobre la teología, la espiritualidad y la pastoral de la Iglesia en el sacramento del Orden, y no han tenido suficientemente en cuenta la dimensión eclesial propia de la familia, y el ministerio eclesial procedente del sacramento del Matrimonio».

Ahora bien, si la familia juega un papel tan importante en sus reflexiones y en su propia experiencia personal, y le sirvió como faro de orientación para sus labores pastorales, el otro gran amor de su vida fue la Iglesia, a la que se propuso servir con una fidelidad a toda prueba. La palabra ‘iglesia’ aparece en más de 200 ocasiones en el libro, y una de sus grandes experiencias, que marcó profundamente su pensamiento y su acción, la constituyó sin lugar a dudas el Concilio Vaticano II, cuyo desarrollo pudo seguir muy de cerca, y cuyos documentos conocía muy bien y a los que acude con frecuencia como guía.

«Al llegar a Roma –nos cuenta– me encontré inmediatamente con el inicio del Concilio Vaticano II y todo el movimiento que este suscitó; contacto favorecido por la estadía en el Pío Latino Americano [el Colegio donde residió durante sus primeros años en Roma] de unos cuarenta y cinco  Obispos de este continente de diversas tendencias teológicas y culturales, así como por la lectura frecuente de las crónicas diarias publicadas en el periódico L´Avvenire d’Italia, que daba una visión amplia y analítica de lo que sucedía en el Aula Conciliar y en su entorno. A medida que avanzaba el Concilio se iban dando hechos que me permitían ir entendiendo las corrientes de pensamiento que se entrecruzaban en la jerarquía, y los choques entre ellas en el seno del Concilio, y distinguir las tendencias de los diversos episcopados nacionales con sus teólogos de consulta y las fuerzas que venían de los diversos sectores de la Iglesia».

Esto le permitió a Eduardo no solamente ampliar sus horizontes teológicos y su visión eclesial, sino que lo hizo tomar conciencia de ese acontecimiento histórico del que estaba siendo testigo de excepción. Porque el Concilio Vaticano II ha sido sin lugar a dudas uno de los acontecimientos más significativos del siglo pasado, no solo para la historia de la Iglesia Católica y del Cristianismo en general, sino también para toda la cultura occidental de raíces cristianas. Y Eduardo tuvo plena conciencia de tal significación, como muy claramente lo expresa con las siguientes palabras: «Los tres años de duración del Concilio, con sus diversas sesiones y la variedad de temas que iban surgiendo, constituyó, en la formación de quienes tuvimos la suerte de vivir ese periodo, una riqueza extraordinaria por el ambiente mismo de búsqueda, cuestionamiento y discusión libre que se daba en el Aula Conciliar y en las comisiones; por el esfuerzo de repensar los elementos fundamentales de la fe a la luz de las nuevas circunstancias y del cambio cultural; por el contraste entre las visiones de las diversas culturas y continentes respecto a la visión de vida y el papel de la fe en la misma; por los cambios en los métodos en todas las ciencias eclesiásticas, y por la apertura a las nuevas iniciativas y propuestas que iban surgiendo en el camino. Un ejemplo particular de ello fue la Constitución Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el Mundo Moderno, que no estaba contemplada dentro de los documentos propuestos inicialmente, y fue elaborada en el curso del proceso conciliar».

Estoy convencido de que su fidelidad a la Iglesia, iluminada por las enseñanzas del Evangelio y la figura de Jesús de Nazaret como centro y sentido de la fe, lo guiaron en su labor pastoral, permitiéndole lograr una síntesis que para muchos ha sido un escollo insuperable, a saber, la integración de su misión espiritual como sacerdote y la promoción social de los menos favorecidos: en otras palabras, la labor pastoral y el servicio social. Con su profunda fe y su fidelidad sin condiciones a la Iglesia, logró vencer todas las dificultades que se le presentaron a lo largo de su vida, y de las cuales son un fiel testimonio las páginas de su libro.

Al despedir hoy a Eduardo, quien ha regresado a la casa del Padre, quiero agradecer, en nombre de la familia, a todos los que de una forma u otra nos han acompañado en estos días y han mitigado con ello nuestro profundo dolor. Pero antes de terminar, y fiel al sentido de familia que lo caracterizó, no puedo dejar de recordar a los otros dos hermanos a quienes Dios también ha llamado a su gloria. Porque si Eduardo ha sido para nosotros como la conciencia moral y religiosa, a Sara Inés la recordamos como el corazón de la familia, y a Efraín Enrique, como el hermano que irradiaba en todos una luz de alegría y de optimismo.